Soy Joaquín, ya estoy en los treintas en un 2020.
Escribir siempre había sido una terapia, poder dejar todo lo que tenía en mi cabeza y todo aquello que a veces detenía el sueño para desvelarme sólo por el hecho de pensar, pensar y pensar. Aprovechando algunas noches para leer acerca de trastornos, desórdenes, episodios o demás comportamientos que se tratan con terapia y medicamento para poder así diagnosticarme algo. Pasando los días, las semanas, los años y seguir pasando la vida, pensando en que así era, así sería. Sin embargo, llegó un momento en que no era suficiente y decidí tomar terapia.
Llegué ahí después de un diciembre asfixiante, una mezcla -trágica y oscura- de trabajo, familia y esas situaciones de años que se agrandan con la vida, que no se llegan a entender. Creía que podía sobrellevar todo y continuar como si nada sucediera, como si fuera normal todo ese dolor que se siente en el pecho que pasa al cuerpo y que no se quita, que se oculta mientras uno duerme.
El trayecto inició sin saber qué decir, pero todo va saliendo y el dolor se verbaliza, se estructura en oraciones que siempre se piensan pero que nunca se dicen en voz alta, alojadas en el fondo del pecho, es por eso que a veces duele y uno se ahoga con sollozos al querer hablar. También existen silencios, no todos son buenos y en ese momento inerte uno también se ahoga, pero en ese proceso se tiene la compañía de una persona profesional que hace más ligera la acción de hablar de uno mismo.
Hay quienes creen que no es necesaria la terapia, si uno quiere hablar ahí se tiene a las amistades. Sin embargo, eso no es del todo cierto. En mi caso, muchas cosas me había callado, era contadas las personas -tal vez dos- con las que decidía hablar de mí y en momentos extraordinarios, aquellos en los que sin pensarlo y con mucho esfuerzo podía decirles cómo me sentía. Muchas veces sentía que podía hablar con algunas personas y muchas de esas veces no me sentí escuchado, lo que quería era soltar todo sin más y lo que recibía, en el mejor de los casos, era una plan con soluciones desde el punto de la persona con la que hablaba.
Muchas personas desean ser escuchadas y ya.
Poco a poco fui liberando lo que sentía de mi familia, de mis expectativas de la vida, de mi relación con el mundo y de lo que me callaba para mí. Semana a semana descubría algo nuevo que entender, me ponía tareas que parecían insignificantes, pero en ese momento eran importantes para mi ser. Acciones como: salir más, obligarme a dormir, hablar con personas -más con las que me preguntaban algo-, hacer nuevas cosas con mis más cercanos o en mi soledad, entre muchas más.
Ir a terapia no sólo era hablar en ese espacio seguro, sino también rehacer mi vida fuera de ese lugar desde una nueva perspectiva. Proponerme disfrutar lo que me gustaba ya hacer, colocarme ante nuevas experiencias pero sin esas ideas que antes me hacían sentir mal, saber mis límites y saber retirarme. Yo mismo me presionaba, yo mismo me hacía ideas y yo mismo puedo hacer algo para cambiar, para sentirme mejor, para estar bien. A veces sentía que se me cerraba el mundo y lo mejor era hacer nada, dormir mucho, no comer, no tener contacto con las personas, estar encerrado en la habitación a oscuras, pasar las mañanas entre sábanas escondido de la luz y pensando era la mejor manera de no existir para el mundo. Mientras que esos días de trabajo los sobrellevaba evitando hablar con las personas para que no me notaran. No estaba enojado, simplemente me sentía confundido. Hubo veces en las que no quería ir al trabajo, tuve días en los que decidí no ir. No iba a suceder nada donde trabajaba, terminé “ahorrándoles” dinero.
Sin embargo, no querer salir de casa, evitar el contacto con las personas y alejarse del mundo no es vivir. Es necesario hacer algo, pequeñas acciones, poco a poco, paso a paso; considerando que las cuentas -lamentablemente- no se pagan solas.
Siempre habrá buenos y malos días, pero es bueno distinguir las emociones que uno pueda a tener en esos días. Cuando me quedé sin trabajo pasé dos semanas en las que sólo dormía y comía poco -lo hacía porque debía comer-, bien pude continuar así, pero entendía que debía parar ese ciclo. Estaba consciente de lo que hacía, de lo que sentía, de que sólo era un momento y que iba a pasar, así como muchos momentos han pasado en mi vida y que habrá más. Hay quien no está consciente, que entra en un piloto automático o que siempre lo ha estado y que en esos no tan buenos momentos se desencadena una serie de pensamientos, sentimientos, acciones que dañan todo.
Alguna vez me corté, alguna vez me mostré a situaciones peligrosas, alguna vez pensé que lo mejor era dejar de existir.
No sólo se rompe el vaso, uno lo toma y comienza a herirse.
Sin embargo, no hay porque sufrir.
Una nueva perspectiva. Aprender de uno, conocerse y saber que preguntas como ¿quién soy yo? ¿qué hago de mi vida? ¿qué debo hacer? ¿por qué soy así? A veces no las podré responder, otra veces tendré respuestas algo estructuradas y con el tiempo éstas cambiarán. Además, no soy el único con estas interrogantes, muchas personas las piensan y otras más nunca en la vida les pasan por la mente.
Mi terapia no sólo era platicar con alguien. Era hablar y escucharme, el porqué -de lo que sea- yo mismo lo decía, yo mismo lo sabía, yo mismo respondía. Lo que ayudaba era la dirección de esa especialista que seguía mi conversación, que respetaba mis silencios, que hacía preguntas cuando estaba en blanco, que me hacía notar cuando no respondía a la pregunta y decía otra cosa. Era sentirme escuchado.
Después de un tiempo había mejorado, pero luego sucedió algo. Otra vez la tristeza, otra vez el no querer hacer nada, otra vez algo en mí. Desde esa conciencia de lo que me sucedía había momentos de desconexión que no podía controlar y lo mejor era platicarlo con un psiquiatra.
Hablar nuevamente de lo que me sucedía, para entender que era mi cerebro, era mi serotonina, era mi falta de conexión neuronal y apoyarme con un fármaco, una dosis, durante un año y estar atento a cambios. Era continuar con terapia e ir una vez al mes con el psiquiatra para ver si la dosis funcionaba. Funcionó.
Creo cada vez es más común ir a terapia, consultar un psiquiatra o apoyarse de un fármaco; sin embargo, aún existe la vergüenza de poder hablarlo con las personas. Hubo veces en las que decía que tenía una junta o una comida con alguien cuando la realidad era que iba a terapia. Hoy lo puedo hablar, necesitaba ayuda.
También es cierto que la salud mental cuesta dinero. Durante ese tiempo pude costearlo, fue una inversión. Ahora, en una situación donde no encuentro un trabajo estable tuve que cortar mi terapia, aunque espero regresar. Lo bueno es que me encuentro bien, estos dos años me han servido y me conozco mejor.
Aún hay muchas cosas que tengo que atender, por lo menos sé qué son y ninguna es grave.
Han pasado dos años de terapia y ha sido lo mejor que pude haber hecho.
Sigo siendo Joaquín, viendo mis treintas en un 2020.