Prefiero aislarme en mi móvil y escribir lo siguiente que entablar una conversación con las viejas amistades de la primaria/secundaria. No es porque no pueda sino porque realmente no sé qué decir, qué hacer, cómo dirigirme. Pánico escénico. Torpe social. No son ellas, soy yo. Siempre he sido yo.
Es una fiesta de cumpleaños, la cumpleañera cumple dos años y es hija de una amiga. Nuevamente un año más y en una celebración donde me siento incómodo porque no tengo hijos, no tengo pareja, no tengo lo que parece mi amiga tiene. Para ser honesto, me es indiferente esas celebraciones de bebés, de infantes, de presentaciones o cumpleaños donde hay un personaje favorito decorando el lugar, donde se reúnen familiares. Nota mental: la siguiente vez no debería ir, no debo ir. Si me hace sentir mal, no debo ir.
De esas experiencias surreales de la vida. No tengo hijos y no creo llegue a tener mientras mi amiga ya cuenta con dos hijas -wow-; mi otra amiga igual tiene un bebé, de un año y meses.
Parece que ya no tenemos nada en común.
La conversación se torna rara, si es que yo establezco alguna, tan solo quiero estar en casa, viendo una película o una serie, o tomando una cerveza con alguna amiga, algún amigo mientras platicamos de existir en una ciudad y no saber de la vida.
Sin embargo, estoy de regreso a Orizaba y la única casa cercana es la de mis padres.
Regresar a casa de mis padres es regresar a una adolescencia, la mía fue aburrida. Por eso parece que a mis 27 años, estoy viviendo una segunda adolescencia. Aunque siendo realistas, y un mucho fatalista, no tengo casa, el lugar que rento no lo considero un hogar.
Me desvío de la fiesta, parece no tengo qué aportar, se habla de la familia, del trabajo y yo no me siento cómodo. Cuando me preguntan de mi vida solo sé que sigo con preguntas existenciales: no sé qué hago, no sé qué quiero hacer, no me encuentro ni en Orizaba, ni con mis padres y, peor aún, a veces no me encuentro conmigo mismo. Mientras escribo, pienso tengo todo y al mismo tiempo tengo nada.
Soy un estúpido.