Tres años cumplo desde que llegue a la Ciudad de México -DF en ese entonces- y tres años cumplo de estar trabajando -ahora con contrato- en Amnistía Internacional. Me siento viejo.
Han pasado tres años. De no saber nada de los derechos humanos, de la vida «capitalina», del amor pasajero, de la muerte -las muertes- y demás lecciones, a ser un tipo cínico por momentos que maneja términos como rendición de cuentas, relación de hecho, perspectiva de género, design thinking, diseño de experiencia, el devenir hasta considerarme algunas veces diseñador.
Es un hecho que mi vida ha cambiado, no sé si para bien o para mal, y aprendido muchos, tal vez banalidades y marginalidades. En constante devenir.
Reconozco que el tiempo es un canijo, que no todo ha sido excelentes momentos para recordar y apreció aquellos malos porque me han vuelto un poco más sapiente en lo que hago, digo y creo, aunque me sigue costando hablar en público. He sido animador por estudios y por protección, ahora voy estudiando mi vida; un todólogo de la comunicación y continuando aprendiendo. Ahora puedo presumir de experiencia -aunque haya muchas veces quedado como p*nd*j*-, puedo hacer drama de momentos amargos y de sentirme solo, de fracasar en el amor y estar bien conmigo. También puedo decir que me he divertido como nunca, he conocido personas y lugares que jamás pensé conocer y que gozo de poder decir que estoy por concluir una maestría -aunque queda una tesis por definir-.
Todo sucede por algo y sigo pensando que nadie va a venir a contarme; viviré y luego seré ese quien contará.
Es importante reconocer también a toda persona con la que he trabajado, con la que me he ido de fiesta, de la que me he enamorado, que está lejos y extraño, de mis confidentes y quien me ha delatado, de esa que detesto y señalo de básica, de aquella que ha sido mi piedra en el zapato; todas ellas que han llegado a mi vida han contribuido a que sea la persona que soy ahora. Más tonta, más estúpida, más necia y menos sola.
Estos tres años me han parecido seis o más, al hacer reflexión caigo en cuenta que sólo tengo 27 años y que tengo suerte, mala y buena, pero la tengo de estar donde estoy. La vida me sigue sorprendiendo para seguir viviendo Otra era como la Javiera Mena.