
Pasó una semana más de febrero y no fue la mejor. Entre enojo, cansancio y un hartazgo a convivir con personas me pase estos días en espera de que el fin de semana llegara. Sin embargo, esta semana también sirvió para hacerme reflexionar de mi vida y recordar episodios non gratos de la vida.
Tengo recuerdos que he querido borrar, pero sólo se esconden y en ocasiones salen para hacerme ver que he madurado, que algunos miedos se han ido y que sigo siendo el mismo de hace 10 ó 15 años atrás. Algo que seguro le sucede a muchas personas.
Hay muchos recuerdos que, seguro el universo los invoca, llegan de golpe a mi mente y terminó por analizarlos y escribirlos en cualquier hoja, sin ningún propósito. Sólo para que ese recuerdo no se vaya nuevamente ni regrese de manera escandalosa. Uno de esos recuerdos se remonta a mi infancia y adolescencia. Toda una estupidez.
Siempre que iba por la calle, no importa fuese después de clase o al ir a la tienda cercana a mi casa, y veía que en mi camino había un grupo de hombres de mi edad o mayores entraba en conflicto. Era estrés el que sentía y al saber que tenía que pasar al lado de ellos, pensaba qué hacer para no pasar. Lo único que quería era que se esfumaran, que el viento se los llevase y tener el camino para mí y regresar a la calma, aunque nunca sucedió y lo que quedaba era que me volviera invisible a sus ojos y no sintieran mi presencia ni yo la de ellos.
Lo único que hacía, que hice muchas veces, era cruzar la calle y evitar pasar por la misma acera.
Ahora en reflexión, no era el grupo lo que temía, era el temor a los hombres en general, a lo que pudieran hacer o decir, a pesar que no me harían nada.