Diálogos: El libro

¿Qué haces?– preguntaba cada vez que entraba a mi habitación y me encontraba sentado sobre la cama, leyendo uno de esos tantos libros, aún con la envoltura de plástico y el precio, que había comprado sólo para sentirme intelectual.

Leer.

Había desarrollado esa habilidad de responder con verbos en su forma infinitiva con tal de no entablar una conversación, donde creía ninguna de las dos partes tenía interés o que se convertían en interrogatorios breves y sofocantes acerca de lo que hacían mis amigos y si había recibido llamada de alguno de ellos.

¿Qué lees?– preguntaba desde la puerta con la esperanza de que le respondiera con alegría y le invitara a sentarse a mi lado para platicarle con detalle la historia que se supone leía.

Un libro. Es la historia de un escritor que le pasan muchas cosas y tiene que escribir un libro que le encargaron.

No más. Sin detalles. Salía de la habitación sin hacer ruido, desconcertado por la respuesta, siendo ignorado.

Estaba consciente que ya no le respetaba y me sentía mal por serlo, pero era inevitable comportarme de esa manera cuando él se dirigía a mí. Simplemente no lo toleraba, ya no figuraba en mi vida.

Ya no era importante para mí. Eso lo creía.