La virtud o maldición de la abuela

En los últimos años he empezado a creer que la suerte, el destino, la vida que tenemos se ve afectada por la vida de quienes estuvieron antes que nosotros. Me refiero a los padres, los abuelos, los tatarabuelos y para atrás en la línea generacional; creo que somos reflejo de sus aciertos y desaciertos, de lo que amaban y de lo que odiaban, de todo ellos.

Así como heredamos características físicas y alguna veces similitudes con las personalidades, creo que la suerte también pasa de uno a otro. Así como si fuese una virtud o una maldición.

Me pongo a pensar en mi vida y en la vida de mis padres, de mis abuelos, de mi familia y creo que con mi generación (hablando de los nietos) las cosas van cambiando positivamente, al menos de una forma menos dramática o eso quiero creer. Y en estos días donde la lluvia se ha estacionado en esta la Ciudad de México y que es perfecta para hacerte pensar de más, me convierto en uno de esos días grises y tristes. Terminando por escribir de un personaje indispensable en mi existir, mi abuela Concepción González Marín.

Pienso la relación que tuve con ella y parece nula, no tengo muchos recuerdos y los que tengo no son de los clásicos donde la abuela desvive por el nieto y le da todo. De los pocos recuerdos que tengo son las grandes cazuelas de comida que hacía, su cantidad exagerada de santos y vírgenes y su carácter fuerte y al mismo tiempo dulce. Nunca sabías si te iba a responder con una grosería o con un torpe cariño.

Nunca la entendí, porque nunca conocí bien su historia. Lo poco que sé de su vida es por lo que contaba a mi madre, quien fue su primera nuera y su única amiga y compañera mientras hacían su papel de ama del hogar.

Su hermano, mi tío abuelo, es quien también me ha contado más de esa historia, antes de ser la señora de Don Geronimo Castro y antes de dejar su rancho en tierras poblanas para irse a vivir en un valle más de Veracruz.

Así, con menos que más le he dado forma a mi abuela, a su vida, a su historia. Me pongo a pensar que me parezco mucho, demasiado a ella. Los malos momentos, que parece fueron muchos, le endurecieron el carácter. Única herencia que me dejó siendo de carácter «fuerte», pero que cualquier cosa me puede romper en tristeza y llanto. Cambiando su suerte, llegando a más lados, construyendo una vida que también pudo tener.

Sigo extrañando su sazón, aún consigo ponerme triste al ver a mi padre, el primer hijo, extrañándola. Sigo pensando que la última vez que la vi fue con mi tío, el hijo menor, mientras la pasábamos de un féretro a otro.

Alguna vez traté de escribir un relato a partir de lo contado, pero sin resultado alguno. Sin embargo, dejaré aquí lo poco que escribí, unas partes inventadas, otras no tanto.

Me hubiera gustado que mi mamá me hubiera dejado con las madres. Hubiera sido buena. Se lavar, se planchar, se coser, se rezar.

Me hubiera gustado que mi mamá no se hubiera muerto.

Yo vivía en un rancho, era de rancho, me crié entre vacas, becerros, buenas y malas cosechas y demasiado polvo. Hubiera querido vivir siempre ahí.

Me fui de ahí para ir con mi hermana a la ciudad. Ilusionada porque estudiaría, porque ya no trabajaría en el campo, porque ya no habría más polvo que mojar.

Sin embargo, pasé a ser quien hacía el quehacer de la casa. Tal parece la escuela no era lo mejor para mí. Nunca lo sabré.

Mi hermana no fue la mejor, así como yo nunca lo fui para ella.

Sin querer perdí el tiempo, era muy joven y no sabía muchas cosas de donde ahora vivía, del mundo y mucho menos de la vida. Antes no se acostumbraba que las mujeres fuésemos a la escuela, o al menos es lo que me tocó. Lo principal era saberse ser esposa, casarse, tener hijos y estar en la casa.

Y el no saber de la vida y de los tiempos hizo que me juntara con él.

Mi hermana decidió por mí.

Pase de vivir de un rancho a una ciudad, de ser una joven que no sabía nada a ser madre. Pensé todo sería mejor.

Es cierto que nadie te enseña a ser madre, mucho menos esposa. Él también tenía sus inseguridades, sus dudas de la vida y la única que parecía ayudarnos era mi hermana, pero no fue de la mejor manera.

Se atrevió a decidir por nosotros y ponerle el nombre que ella quería a mis hijos, algunos, no a todos. Mi única hija quise llamarla Patricia, pero mi hermana la registro como Carlota.

Nunca llamé a mi hija por el nombre de Carlota.

Tuve siete hijos y un hombre, que lo llegué a querer con el tiempo. No sé si él a mi también pero fueron buenos los años que pasé con él, hasta que falleció.

Criar siete hijos no fue fácil, era hacer comida para nueve y nadie ayudaba. Todos los días era preparar el arroz, hacer la sopa de fideo, limpiar los frijoles y ver que hacer de «plato fuerte».

Él era de los que se sentaba y ya tenía que estar su plato en la mesa, su café cargado o una botella de pepsi o coca cola, de aquellas que eran de vidrio. Siempre que terminaba un plato, lo hacía a un lado bruscamente esa manera de decir: «Lo que sigue.» Y era lo que seguía.

Dicen la canción que la costumbre es más fuerte que el amor. Puede sea cierto. Aún después de que él falleciera, de tener a mis hijos e hija ya grandes, aún seguía despertando muy temprano para preparar las cazuelas de comida para quien llegará a comer a la casa o para enviarla a alguno de mi hijos, a quien sabía su mujer no lo trataba bien.

Al final, yo no quería ser esposa, mucho menos madre y lo fui.