Sábado de mayo, no hay mucho que hacer más que dormir y tal vez gastarme las horas en buscar algo que ver en Netflix. La ciudad sigue siendo un caos por la lluvia de primavera/verano, sigo sin tener ganas de levantarme de la cama y trato de ver lo que sucede en el mundo a través de mi “teléfono inteligente”.
No veo nada en mis redes sociales, mucho menos tengo alguna notificación que me invite a salir. Decido hacerme un “burrito de flojera” y dormir un rato más a pesar de pasar ya el medio día, aunque creo he entrado en una depresión post-hueva, no me detengo al querer dormir más.
Cansado de haber dormido, recuerdo que la Feria de la Culturas está en el Zócalo, algo dentro mío me llama a salir, pero más me llama mi cama a seguir cual oso en invierno. Me levanto de la cama para cambiarme y salir al “mundo real”, aunque minutos después me dejo caer cual ballena azul en la sábanas de mi cama. Veo el teléfono y nada, enciendo la computadora y ponga una canción que me levante el ánimo. “Blow a kiss, fire a gun, all we need is somebody to lean on” reza la canción cual mantra y con su ritmo cuasi indio y baile bollywood me basta para decirme a salir.
La lluvia se detiene y es mensaje de Tláloc quiere que salga a odiar a la gente.
Cerca de las cuatro de la tarde salgo de mi casa y camino arrastrándome al metrobús; tengo un sueño guajiro de que algún día saliendo de mi habitación esté la parada y se encuentre vacío y lo tomé felizmente a mi trabajo o cualquier otro punto de la ciudad. Espero me toque ver la teletransportación.
Siendo sábado espero no haya mucha gente esperando el metrobús y así como lo pienso llego para encontrar con que no hay mucha gente, hay un chingo. Odio al mundo un rato, me meto a la fuerza, mientras me excuso de mi comportamiento. Logró entrar y me pregunto en que estación bajar.
No es mucha la distancia de la estación que subo a la que debo bajar y me tranquilizo pensando en que comeré en esa “feria”. Bajo del metrobús, justo en la estación Hildalgo y camino al Zócalo, total la distancia no es mucha. Camino aún con pereza pero más despierto que cuando salí de casa, mientras trato de echar el chal telefónico con alguien.
Marco a mi madre. No responde. Marco a mi padre. Tampoco responde. Marco a mi prima y me responde, aunque agradezco desde mis adentro el hablar con alguien también me pasa por la mente que tipo de conversación tener. Hola, cómo están, qué cuentan, a ver cuándo nos vemos y el clima y la familia es lo que me salva, me despido, cuelgo y continuo caminando.
El clima mejora y me alegra el no estar alerta en la ubicación de un Starbucks, un Cielito Querido u otra franquicia para refugiarme.
Camino no sobre Paseo Madero sino en 5 de Mayo para evitar el río de gente sin expectativas de la feria, porque al final es lo mismo de siempre. Al menos eso creo o cree mi lado pesimista. Después recuerdo que tengo que tomar la 16 de Septiembre porque ahí hay un cajero y es necesario sacar unos cuantos pesos.
Llego a la gran Tenochtitlán, digo al Zócalo de la Ciudad de México y me encuentro con una distribución curiosa de los stands y demasiada gente que entra en cada uno de ellos nada más porque sí. En mi mood de odio a la gente y su amontonamiento por nada salgo de la multitud y veo los stands desde lejos.
Mi estómago me recuerda que tengo hambre y ubico el stand de Argentina. Un choripan para el hambre, pero veo fila y decido dejarlo ir. El antojo de choripan no se pierde y voy al stand de Uruguay y consigo uno. Después de saborearme esa torta uruguaya, voy al stand de Chile y pido un choripan a su estilo. Porque gorda.
Doy tres vueltas, nada me emociona, nada me inspira, todo se me antoja pero me da codo comprar más comida “tradicional”. En el escenario frente a Catedral inicia el show y suena la cumbia colombiana. Me lamento estar solo y no poder bailar. No me importa, me doy otra vuelta y veo la Catedral.
Decido entrar un rato a ver si consigo comprar una imagen de un San Antonio. Uno nunca sabe. Cero éxito en la compra de la imagen, aunque presenció una boda y por mi mente pasa el saber cuánto cuesta casarse en esa iglesia. Salgo en espiritual y trascendental, pero se ve interrumpido por el bailongo. Envio un audio a unos amigos. Una me responde que tiene unos quinceaños y el otro no me responde.
Sin éxito, me doy vuelta para Bellas Artes y recuerdo que hay un bazar en Bolivar 9. Me toca ya el momento de guardar cosas y compro un morral. Es cuando mi “teléfono inteligente” me alerta de una llamada y es mi amigo a quien le envie el audio. La buena noticia es que va para el Zócalo, la mala que está en la estación La Bombilla.
Le digo que espero su presencia y doy unas vueltas por esas calles del centro.
Después de una hora y una llamada a mis padres, mi amigo se manifiesta para dar una vuelta por la feria. La mayoría cerrado y él con hambre, nos lanzamos sobre Paseo Madero para llegar a unos taco sobre Gante.
Él pide una torta y él tiene brackets, yo sólo pido un café de olla. Platicamos de nuestras horas previas a vernos, no de nuestra vida porque un día antes ya nos habíamos visto. En un receso de nuestra conversación envio un mensaje a otro amigo, me invita a ir a Zona Rosa y digo ¿Porque no?
La torta se termina, mi café también, inicia la lluvia y nos vamos para la estación de metro más cercana San Juan de Letrán. Me despido de mi amigo diciéndole que mi próxima ubicación será en Zona Rosa, puede que sea un día de “me doy asco” habrá que averiguarlo.
Estoy un rato bajo la lluvia pensando en cómo ir a Zona Rosa, no se me ocurre nada. Camino unas cuantas cuadras sobre Avenida Independencia hasta que un taxista decide detenerse.
Continua la lluvia, pero mis amigos y la Zona Rosa esperan. Al final sólo necesitaba convivir con gente.
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