
Cuando viajo por avión, me gusta hacerlo en un horario matutino, me refiero a que sea muy temprano -en los primeros minutos de la salida del sol-.
Esto se debe a lo maravilloso que se llega a ver el cielo, las nubes y los colores que parecen salidos de las acuarelas de algún artista, niño o estudiante de arte. Y aunque es muy breve y no siempre llega a ser un impacto visual por causas humanas -contaminación, luz artificial, whatever- siempre que resulta es fascinante.
Unos sacan rápidamente smartphones para capturar la belleza y compartirla via Instagram, Facebook, Twitter o red social que usen. Más con el objetivo de recibir elogios por «ser buen fotógrafo» o tener alguna foto con muchos likes.
No es por compartir lo maravillosa que puede ser la naturaleza sino por ser popular por algún rato. Obvio, me incluyo en lo anterior. Aunque con el tiempo me he dado cuenta que no siempre es necesario sacar el smartphone y compartir la belleza que uno se puede encontrar. Siendo egoísta y dejando el panorama para uno mismo y guardándolo en la memoria. Provocando el deseo de llegar a observar una igual o de mejor vista.
O tal vez compartiendo ese instante pero en blanco y negro, haciendo que la gente imagine los colores que uno llegó a ver en el momento de captura. Ejercicio para que la gente imagine un rato, como un momento/ejercicio lúdico. Al menos eso creo.